UE 2009   |  English

Estrategias para el Desarrollo de las Artes, la Innovación y la Diversidad Cultural en la Sociedad del Conocimiento
Redes Sociales, Diálogo Intercultural y Participación Ciudadana en la Construcción Europea
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IGNACIO MOLINA
Investigador Principal del Área Europa
www.realinstitutoelcano.org



Cualquier ocasión es buena para venir a Bilbao y mucho más lo es venir a una sede tan idónea como ésta, el Museo Guggenheim, para tratar de estos temas. Unos temas cuya conexión no resulta a priori fácil. Vincular -como han hecho los organizadores Joseba Franco y Montse Arbelo, a quienes agradezco la invitación- la construcción europea con la participación ciudadana, la creatividad, la innovación, la cultura digital, el desarrollo de las artes, la diversidad cultural en la sociedad del conocimiento, el diálogo intercultural y las redes sociales puede parecer excesivamente heterogéneo y, sin embargo, creo que subyace una interesante intuición por haberlo puesto todo en común. Esa es, al menos, la misión de quienes somos hoy aquí ponentes: poner esos elementos en común y hacerlo de forma inteligible e incluso sugerente.

Me centraré en el triángulo formado por: (I) construcción europea, (II) participación ciudadana, y (III) creatividad e innovación. O, más bien, en los grandes problemas actuales para que esos tres componentes triangulen bien. Digo problemas y abordaré, por tanto, la cuestión desde una perspectiva que puede parecer en principio un poco pesimista pero que, al contrario, pretendo que concluya con moderadas dosis de optimismo. Y es que sólo si se parte de un análisis relativamente negativo –aunque, me temo, realista- sobre nuestra situación actual, y precisamente porque se es consciente de que el diagnóstico es preocupante, puede producirse una reacción para no dejar que Europa languidezca política, económica, social y culturalmente.

La idea de fondo es que la construcción europea tiene en este momento “post-Lisboa” un doble y enorme reto de legitimidad, tanto por lo que se refiere a su legitimidad de origen como de ejercicio. El reto para la legitimidad de origen se refleja en la necesidad de conciliar el proceso integrador con la participación ciudadana cuando vislumbramos ya la etapa posterior al Tratado de Lisboa de 2007. Y el reto para la legitimidad de ejercicio consiste en que, en este momento en que nos planteamos también el siguiente ciclo de reformas estructurales que supere a la Estrategia de Lisboa de 2000, consigamos de verdad apostar por la innovación y la creatividad para que los ciudadanos europeos vivan en una región del mundo tan dinámica como la que más, sin renunciar por ello a la cohesión social y la sostenibilidad medioambiental. Un objetivo muy ambicioso que se conecta a un valor añadido genuinamente europeo -llamémosle civilizado, aunque el adjetivo suene a controvertido- y que se debería traducir en que nuestro extraordinario legado civilizatorio no se reduzca a mirar hacia el pasado por haber quedado condenados a la condición de museo y de cuna de la democracia, mientras EEUU y las llamadas potencias emergentes protagonizan el futuro. Al contrario, el viejo continente ha de aspirar a mantenerse en la vanguardia de la creatividad y la innovación mundial, tanto en el aspecto político como en el del conocimiento y el desarrollo tecnológico. En el contexto de la globalización que nos rodea, ésa es realmente la encrucijada en la que nos encontramos los europeos.

Comenzaré mi intervención centrándome en la difícil relación entre el proceso de integración europea y la participación ciudadana; que es como decir la democracia. Y, será en el contexto de este examen a la cuestión de la democracia y la Unión Europea cuando aproveche luego para exponer la conexión con el desafío de la innovación.

Ahora bien; qué es lo que entendemos por democracia es un interrogante que hay que contestar con carácter previo. Sobre la democracia hay muchas definiciones, pues se trata de un concepto bastante complejo y sintético, con un legado teórico muy sofisticado, pero intentemos ponernos de acuerdo sobre una definición a partir de la famosa frase de un personaje político extraordinario –bien es cierto que no europeo- como fue el Presidente norteamericano Abraham Lincoln. Para él, en primer lugar, la democracia era el “gobierno del pueblo” lo que implica, a diferencia de los sistemas autoritarios y elitistas, que un hombre o una mujer sea igual a un voto y que, en base a ese principio de igualdad política entre quienes componen el pueblo –que llamamos ciudadanos y no súbditos-, haya luego que tomar decisiones contando cabezas; lo que resulta desde luego un gran avance sobre la alternativa de cortarlas. Hasta ahí, todos -bueno, desgraciadamente, solo casi todos- estamos de acuerdo.

Dicho lo anterior, recordemos que para Lincoln democracia era también “gobierno por el pueblo” y “gobierno para el pueblo”:

• Así, y ahora me fijo en la parte del “gobierno por el pueblo” o del proceso, la democracia es un sistema por el cual todos los ciudadanos que acabamos de decir que son iguales participan -directamente o a través de representantes directamente elegidos- en la aprobación de todas las normas, en la selección de todos sus gobernantes y en el control a éstos por toda su actuación.

• Y luego finalmente, por lo que se refiere a la dimensión del “gobierno para el pueblo”, la democracia es el sistema que intenta asegurar que el resultado de ese proceso en el que participan los gobernados conduzca a decisiones, a políticas, a normas, a leyes, que responden a los deseos mayoritarios de todos los ciudadanos considerados también en pie de igualdad; deseos que tienen que ver con opciones realmente estratégicas, y no con simples climas coyunturales de opinión, sobre lo que quiere la mayoría de los ciudadanos para su futuro.

Creo que es importante subrayar la existencia de estos elementos distintos que son igualmente importantes -y que deberían estar combinados a dosis iguales en la síntesis que supone la democracia contemporánea- para darse cuenta que en este momento los debates sobre la democracia y Europa están algo desenfocados; con demasiado énfasis, como detallaré más adelante, en el componente que se refiere al proceso “por el pueblo” (input) y descuidando bastante la parte relativa al resultado “para el pueblo” (output).

Pero, para explicar mejor a qué me refiero cuando distingo entre la preocupación excesiva por el input y la despreocupación relativa por el output que domina hoy en los debates sobre el déficit democrático de la Unión Europea, es necesario hacer antes otra distinción. En efecto, para aprehender completamente el contenido de esa relación tan complicada entre la democracia y Europa merece la pena distinguir dos dimensiones del denominado tradicionalmente como “déficit democrático”: por un lado el hecho de que la propia Unión Europea, como organización política, padezca ella misma una carencia de funcionamiento democrático y, por otro lado, como problema distinto si bien lógicamente conectado al anterior, el hecho que la Unión Europea pueda aparentemente empobrecer la calidad democrática de los estados miembros que la componen.

a] En cuanto a la primera dimensión, me permito recordar la humorada que decía que si la Unión Europea solicitase la entrada en la Unión Europea -es decir, si un estado hipotético tuviese la misma organización institucional que tiene la Unión Europea- la Unión Europea rechazaría esa aspiración de ese supuesto estado candidato por considerarlo que no era democrático y que, por tanto, no siendo suficientemente democrático, no cumplía los estándares para formar parte de la organización. En efecto, la Unión Europea –o, más bien, la antigua Comunidad Europea- era una organización opaca, poco transparente, donde sus decisiones se tomaban por métodos más cercanos a la diplomacia intergubernamental, por parte de la institución que conocemos como el Consejo, y a partir de propuestas surgidas de una tecnocracia burocrática no elegida, por parte de lo que conocemos como Comisión, sin que además existiese control por un parlamento con auténticos poderes; esa era en fin la caracterización más clásica de lo que se conoce con la idea del déficit democrático: una organización tecnocrática coronada por discusiones en el seno del Consejo en donde no se sabía por qué se votaba lo que se votaba, con una lógica diplomática en el sentido decimonónico de la expresión, con compromisos a veces poco confesables.

Lo cierto es que, sobre este problema evidentemente preocupante del déficit democrático, se ha venido actuando en los últimos años. Algunos de los hitos para aumentar la legitimidad democrática de la Unión son bastante conocidos. Así, el Parlamento Europeo comenzó desde finales de los años setenta a ser elegido por sufragio universal y cada cinco años, efectivamente, todos votamos al Parlamento Europeo –aunque es verdad que lo elegimos de acuerdo a una lógica mucho más nacional que europea, a causa de lo que diré enseguida-. Además, ese Parlamento Europeo no sólo está elegido democráticamente por sufragio universal directo desde hace treinta años, sino que además se ha incorporado de manera extraordinaria en el procedimiento de toma de decisiones, de tal manera que hoy es un codecisor junto al Consejo -que representa a los estados- en una situación de práctica paridad. En tercer lugar, y redundando también en beneficio del Parlamento, se ha introducido la idea de mayoría cualificada que impide la lógica simple de la unanimidad diplomática o, al menos, limita que los estados voten y veten en el Consejo con total opacidad, con ese secretismo de diplomáticos decimonónicos que antes mencionaba. Asimismo, y en base al principio de subsidiariedad democrática, se le ha dado más papel en el proceso normativo a los parlamentos nacionales y a las regiones -lo que es particularmente importante en los casos de estados con una organización política descentralizada de tipo federal, como es España-. En quinto lugar, se le ha otorgado poder directamente a los ciudadanos a través de distintos mecanismos, como la iniciativa legislativa popular que se introduce en el Tratado de Lisboa e incluso durante la elaboración del proyecto frustrado de la Constitución se ensayó una original manera de gestar la reforma del Derecho originario por medio de la llamada Convención.

Pareciera pues que, con todo eso que se ha hecho, la Unión Europea sea ya hoy en día una organización democrática; o, al menos, tiene bastantes instrumentos para considerarse, para merecer el nombre de organización democrática. Ahora bien, ocurre que la Unión Europea tiene un enorme problema; un enorme problema que es el que antes adelantaba cuando decía que en las elecciones al Parlamento Europeo votamos en clave estatal. Ese problema afecta a su propia esencia, su propia virtud, su propio valor porque todos los avances que he mencionado antes, con el Parlamento, con los ciudadanos, con las regiones, con los parlamentos nacionales, etc. se han realizado sobre el, digamos, kratos -yendo a la segunda parte de la palabra griega demos-kratos que está en el origen del término democracia-; es decir sobre la parte organizativa, la parte del poder o del gobierno que significa kratos. Sin embargo, sobre la parte del demos o del pueblo, que es en realidad la más sustantiva, poco se ha avanzado porque la realidad es que el demos europeo no existe, no existe aún hoy en día. Por muy europeístas que seamos -y yo, desde luego, lo soy- no existe ese pueblo europeo, no existe esa ciudadanía identificada con una comunidad política europea, no existe esa opinión pública continental aún y, es más, no sólo no existe aún, sino que es muy complicado que exista en el futuro.

Porque no tenemos prensa común y no tenemos lingua franca que nos permita comunicarnos más allá de las élites -políticos, académicos y ciertos profesionales- que pueden manejar tal vez uno o dos idiomas además del propio y que se pueden llegar a entender en inglés. Sin una lengua común de masas, no es posible crear un autentico espacio público europeo. Por ejemplo, no existe ningún medio de comunicación de verdad europeo y, curiosamente, lo más parecido a eso, a un medio que tenga repercusión en toda Europa, suele ser normalmente un medio de comunicación anglosajón, británico o a veces directamente norteamericano, como el New York Times a través del International Herald Tribune, el Financial Times o The Economist. Es decir, nada específicamente europeo; más bien, al contrario, en esos medios lo que domina es una visión muy escéptica sobre Europa como demos.

Y tampoco existe un futuro muy halagüeño para la construcción del demos europeo si miramos a lo educativo y cultural. Tenemos, como mínimo, veintisiete culturas y otros tantos sistemas educativos y es muy complicado construir a partir de ahí una identidad política común. Yo diría incluso que, afortunadamente, es muy complicado porque si pensamos como se han construido los demoi históricamente, pues observamos que ha sido en gran medida a través de mecanismos que, afortunadamente, hoy ya no se pueden repetir: unas veces, a través de la identificación de enemigos externos y propiciando guerras. Otras veces, a través de aculturaciones internas que han llevado a un dominio étnico sobre un territorio y el consiguiente abandono de identidades culturales subnacionales; que en el caso europeo serían las que hoy son nacionales. Esto, repito afortunadamente, ya no se puede hacer hoy. Por eso la construcción europea, si bien es difícil desde el punto de vista del kratos, mucho más lo es cuando se trata de crear una auténtica identidad nacional o supranacional.

Conseguir un demos europeo resulta una tarea tremendamente compleja y mientras esto sea así -que durante muchos años seguirá siendo así- por muy de acuerdo que se pongan los grandes partidos políticos en elaborar sus programas propios transeuropeos para las elecciones al Parlamento Europeo o en presentar candidatos comunes de toda la izquierda o la derecha para Presidente de la Comisión, lo cierto es que no vamos a tener unas elecciones europeas donde el debate sea de verdad Europa; es más, yo mismo, de forma algo provocadora, cuando me preguntaban durante la pasada campaña electoral del Parlamento Europeo, decía que menos mal que la campaña estaba contaminada de asuntos nacionales, porque así al menos teníamos un cincuenta por ciento de participación. De lo contrario, si solamente votásemos en clave realmente europea, por temas europeos, no alcanzaríamos ni el diez por ciento.

En efecto, no existe la idea de elegir al líder que va a gobernar la comunidad política europea, una comunidad que a su vez tampoco existe. Desde luego, en junio de 2009 no estábamos eligiendo a un líder u otro, y no estábamos discriminando entre opciones sobre Europa. Y es más, luego Europa, precisamente por la extraordinaria complejidad que supone el poner de acuerdo a veintisiete estados fragmentados a su vez en familias políticas en el Parlamento Europeo, funciona en base al consenso, sigue haciéndolo en base al consenso a pesar de que las decisiones se tomen formalmente por mayoría. Así, como sabemos, el Gobierno español de centro izquierda apoya a un candidato de centro derecha para presidir la Comisión. Todo eso afecta a que sea tan difícil que la gente se movilice en unas elecciones al Parlamento Europeo. Porque, políticamente, nos acercamos a las urnas por la tensión de elegir precisamente quién nos va a gobernar, y de paso castigar al que no nos gusta, al que tiene una opción ideológica distinta. Sin embargo, eso en Europa es muy difícil -insisto, tal vez afortunadamente- pero el hecho es que esa es la realidad.

Por lo tanto, no echemos la culpa a la Unión Europea como organización de problemas de déficit de democracia sobre los que no tiene la culpa. La Unión no tiene la culpa de que aún los ciudadanos no se identifiquen con ella como comunidad política y, con esas mimbres, hace tal vez todo lo que puede. No se trata pues de un problema de diseño democrático de sí misma, sino de inexistencia de esa comunidad política, o más que de inexistencia -para no ser especialmente pesimista o negativo- de estado muy incipiente, de estado de momento aún germinal de lo que puede llegar a ser el demos europeo, pero cuya consolidación resulta muy complicada.

b] Si atendemos ahora a la que antes denominaba segunda dimensión del problema del déficit democrático europeo -es decir, hasta qué punto la Unión Europea erosiona la calidad democrática de sus estados miembros-, la cuestión adquiere una complejidad añadida por cuanto la Unión Europea está compuesta por estados democráticos con más recursos políticos y económicos que la propia Unión. De hecho, la Unión Europea responde básicamente a los intereses de los propios estados que, en una situación un poco esquizofrénica, al mismo tiempo que construyen Europa intentan ellos reforzarse internamente. Pues bien, dicho eso, intentemos responder a la pregunta de cómo impacta la pertenencia a la Unión sobre la calidad democrática de sus estados miembros.

Aquí, quizás precisamente por ese dominio mediático antes comentado de la prensa anglosajona -de los euroescépticos británicos y, en general de quienes gustan del discurso anti-tecnocrático, anti-eurocrático, o anti-idea de Europa, ya sea por nacionalismo, o por ideología bien ultraliberal o bien antiliberal- se tiende a denunciar que esa Unión Europea, opaca, lejana, que se centra sólo en el mercado -aunque otros, paradójicamente, dicen al contrario que es muy intervencionista- acaba al final tomando decisiones sobre las que los ciudadanos no tienen la capacidad de influir a través de sus canales nacionales de participación y control democrático. Por eso, la pertenencia a la Unión estaría empobreciendo la democracia de los estados miembros.

El argumento tiene cierta consistencia desde el punto de vista teórico, y sin duda se ha producido un debilitamiento formal de los partidos o los sindicatos nacionales en las democracias más consolidadas del viejo continente, que aún no acaba de compensarse por la emergencia de partidos o sindicatos europeos. Sin embargo, la caracterización del proceso de construcción europea como un problema para la democracia resulta insostenible si se mira desde el prisma imparable de la globalización en esas mismas viejas democracias y, sobre todo, si se contrasta con la realidad de la mayor parte de sus Veintisiete miembros; cuyas democracias tienen corta vida, apenas unas cuantas décadas .

Pensemos, por ejemplo, en los diez estados miembros de la Europa central y oriental que se adhirieron hace pocos años a la Unión. Si uno piensa en términos del respeto a los derechos humanos o de la estabilidad de esas auténticas democracias en estados que hace solamente veinte años eran países súbditos y satélites de un régimen totalitario y de economía planificada como era el soviético, si pensamos luego en cómo es la realidad política actual de Ucrania, de Moldavia, o de los tres países del Caucaso sur con graves conflictos más o menos congelados en su seno, si pensamos en el régimen totalitario que existe en Bielorrusia y en la ausencia de libertades en la misma Rusia, si pensamos en el desastre de la guerra en Yugoslavia, si observamos los problemas que tiene la democracia turca… en suma, si pensamos en todos esos países europeos que no forman parte de la Unión y si pensamos en cambio cómo la pertenencia a la Unión Europea ha estabilizado, ha democratizado a los estados miembros del centro y el este de Europa, entonces tenemos que meditar muy bien la conclusión precipitada de que la construcción europea erosiona la democracia nacional.

Miremos ahora al caso mucho más cercano de España y de otras jóvenes democracias del sur de Europa que habían sufrido también regímenes dictatoriales, en este caso de tipo conservador, hasta muy pocos años antes de que se sumasen al proceso de integración. Cómo es posible seguir diciendo que la Unión Europea impacta negativamente en la calidad democrática de sus miembros cuando sabemos la manera tan extraordinaria en que la pertenencia a Europa ha anclado la democracia en estos países mediterráneos. No sólo porque es evidente que el respeto a los derechos y libertades era condición sine qua non para la adhesión, sino también porque la prosperidad vinculada al carácter de estado miembro de la UE ha reforzado en el fondo la capacidad institucional de esos estados, la habilidad para ser autónomos frente a determinados grupos, de no ser capturados por intereses concretos, de ser capaces de distribuir bienes, de ofrecer servicios a los ciudadanos,…

En definitiva, ésa es también la gran aportación de la Unión Europea a todas las democracias que la componen, incluyendo las más antiguas. Me estoy refiriendo a cómo la Unión Europea ha “rescatado” en el fondo a las democracias nacionales otorgándoles competitividad en un mundo interdependiente, insertando a todos sus miembros en un gran mercado interior, dotando a la mayor parte de ellos de la estabilidad que supone la moneda única, o permitiendo que se comparta cierto protagonismo en la globalización gracias a que los estados –la mayor parte de ellos, extraordinariamente pequeños para los desafíos mundiales del siglo XXI- pueden contribuir a la política exterior de la Unión con una diplomacia común que se puede relacionar en paridad con Washington, Beijing o Moscú.

Por eso, pensar -como ocurrió hace un año en Irlanda, durante el primer referéndum del Tratado de Lisboa-, que los pequeños países europeos pueden realmente ser más democráticos y “soberanos” si aligeran sus lazos con Bruselas, resulta tan ficticio y tan peligroso. Aislados podemos tener la ilusión de ser más democráticos pero, está claro, se trata de una ilusión absolutamente ingenua, absolutamente autoindulgente, que no tiene nada que ver con la realidad de cómo es el mundo globalizado que estamos viviendo. ¿Se puede ser democrático sin ser capaz de moldear la gobernanza financiera global, las amenazas a la seguridad mundial, el problema del cambio climático, las grandes presiones inmigratorias trasnacionales, la innovación científica y el desarrollo tecnológico en un mundo tan interconectado y competitivo? Yo creo que no se puede. En ese caso, tal vez conseguiríamos un demos -una comunidad política- más clara y tranquilizadora en el corto plazo pero el kratos -la posibilidad de gobernar- sería fundamentalmente ilusorio en el medio y largo plazo.

Reconozcamos en este punto que la construcción europea sería entonces la consecuencia inevitable -tal vez no deliberadamente deseada- de haber aceptado nuestra propia pequeñez. De hecho, la Unión Europea nace en la década de los cincuenta por el enorme fracaso que fue la Segunda Guerra Mundial, porque Europa estaba destrozada y aquellas generaciones desearon que nunca más volviera a haber una guerra y además, no les quedaba más remedio que intentar que lo que había sido el ombligo del mundo -pero que había dejado de serlo en 1945- tuviera la posibilidad de continuar siendo, o más bien volver a ser, un lugar próspero. El problema es que esas generaciones que eran conscientes de la relativa debilidad europea en la posguerra mundial y la Guerra Fría ya han pasado y estamos en este momento viviendo una situación en la cual podemos creernos la ficción de que disfrutamos un cierto bienestar social, de que somos además una sociedad pacífica, porque tenemos la suerte de que la guerra es algo incómodo que hacen los norteamericanos, que no la hacemos nosotros. La hemos hecho nosotros, es verdad, durante siglos y siglos pero no la hacemos ya más por una mezcla de falta de capacidad -con un gasto militar tan fragmentado que, salvo en el caso de Francia o Reino Unido, los ejércitos son tan poco operativos que en el fondo tenemos que acabar confiando la defensa a EEUU- y de falta de voluntad, después de toda una Historia de destruirnos mutuamente; algo que hicimos hasta hace solamente algo más de medio siglo, no lo olvidemos.

Y aquí, expuesto ese contexto de globalización y de relativa autocomplacencia europea, es donde quiero retomar lo que antes apunté de que el debate sobre la democracia y el déficit democrático que se maneja actualmente en la Unión Europea se ha empobrecido con un sesgo de preocupación excesiva hacia el proceso -tener un input muy inclusivo- y de descuido hacia el resultado -conseguir un output mayoritario-; un empobrecimiento que, además, se ha producido en perjuicio del propio proceso de construcción europea. A mi juicio al menos, pareciera que ya no fuese importante pensar la democracia en términos de cómo conseguir alcanzar lo que la gran mayoría considera el objetivo principal. En vez de pensar en qué es lo que los líderes políticos han de hacer para satisfacer los deseos estratégicos mayoritarios, nos hemos obsesionado por incluir a todos los actores imaginables y sus voluntades coyunturales, por no dejar descontento a nadie -todos los países, todas las ideologías, todos los niveles de gobierno, todos los poderes del Estado, todos los grupos, todas las sensibilidades- en base a lógicas de input que multiplican los puntos de veto y exigen casi consensos unánimes para avanzar en la persecución de lo prioritario.

Obviamente, con esa preferencia por respetar los procesos considerados convencionalmente como democráticos -aún a costa de dificultar el logro de resultados que, desde luego, son también democráticos-, son las minorías de bloqueo las que salen beneficiadas. Y, como sabe cualquiera que conozca un poco los fundamentos de la toma de decisiones colectiva, son los grupos minoritarios o los que tienen una intensidad mayor de rechazo a una decisión los que más fácilmente se movilizarán. Ése, y no el rechazo a que la construcción europea avance, es el motivo que explica los resultados adversos en los referendos de ratificación de los tratados o la triste realidad de que ampliar los cauces de participación parece amplificar la oposición ciudadana a la Unión Europea. Los antagonistas de Europa, aunque se encuentren divididos y hasta en las antípodas políticas a izquierda o derecha, tienen grandes incentivos para movilizarse; les basta con apelar demagógicamente a los instintos nacionalistas o con aprovechar las coyunturas para desgastar desde la oposición al gobierno de turno. Mientras, los partidarios de Europa -de una Europa deliberadamente sensata, poco apasionada- tienen un interés mucho más diluido. Es mucho más difícil movilizarse por objetivos razonables a medio o largo plazo, y al final la causa europea queda en inferioridad política de condiciones. Sobre todo, si los líderes nacionales la instrumentalizan también a sus objetivos de política interna.

Aquí reside tal vez el gran problema de la difícil conexión, que mencionaba al principio de esta ponencia, entre la democracia y la innovación en el proceso de construcción europea: una política de bajos vuelos y, sin embargo, un reto que está a gran altura. Tenemos un sistema de gobierno con demasiados cuellos de botella -tanto de capacidad como de voluntad política- para convertirnos en un actor global equiparable a EEUU o a China, para estar a la cabeza de la innovación, para competir en la globalización. Porque ¿cómo quiere competir Europa?... no, desde luego, con salarios bajos o pensando en términos históricos del pasado, sino proyectándonos hacia el futuro usando la creatividad y la innovación. Pero, entonces, ¿por qué no están en la cima de nuestras preocupaciones el estado de nuestra educación, de nuestras universidades, de nuestras empresas, de nuestra I+D, de nuestros creadores, de nuestros científicos?

Desgraciadamente, por esa comentada ausencia de demos común, por esa referida fragmentación y cortedad de miras del poder político europeo, o por esa mencionada autoindulgencia que nos da el considerar que, si estamos languideciendo, lo hacemos de forma relativamente apacible, resulta muy complicado conseguir que esa apuesta por la Europa de la innovación sea un motor político poderoso para ciudadanos y líderes. Nosotros no hemos tenido esa guerra que tuvieron nuestros abuelos para construir Europa y es difícil convencerse de que, por importante que sea controlar democráticamente el proceso de integración europea con infinidad de puntos de veto –los parlamentos nacionales, las regiones, los ciudadanos, los grupos, etc.-, mucho más importante aún es dotarnos de un sistema de gobierno que sepa identificar sin tantas digresiones lo que quieren la mayor parte de los ciudadanos europeos para su futuro. No es fácil, cuando los líderes siguen teniendo predominantemente una base nacional o regional para ser elegidos y rendir cuentas, el poder dotarnos de líderes que de verdad representen esos deseos mayoritarios a escala europea de sus ciudadanos y que tengan la visión de construir la Europa futura, que en el fondo, la mayor parte de los europeos quiere.

Cuando se pregunta a los ciudadanos europeos -en el Eurobarómetro- si quieren mantener fragmentada en los distintos ámbitos nacionales la investigación y la tecnología o si prefieren europeizarla, la mayoría apuesta por un auténtico espacio común de educación superior y por un espacio común de ciencia. Igual ocurre, salvo contadas excepciones nacionales, si se pregunta por mantener el ejército esloveno, italiano o belga o, en cambio, se opta por una defensa europea. Y también quieren los europeos que la moneda única tenga una política económica común o coordinarnos mucho mejor en lucha policial contra el crimen, en asuntos ambientales y energéticos, o en inmigración. El reto es traducir esos deseos, que son consistentemente mayoritarios y en los que los ciudadanos europeos muestran una intuición lúcida sobre lo que la globalización significa, en realidades que permitan a Europa sostener su competitividad en este mundo globalizado. En realidad, como se ha demostrado hace muy poco en el caso del segundo referéndum de Irlanda –o incluso en Islandia-, cuando ha venido la gran crisis, resulta que los ciudadanos han reaccionado mirando mucho más a Europa para evitar que el frágil estado nacional sufra problemas que pueda llevar a los ciudadanos a quedar desprotegidos. De repente parecer haber primado lo importante y se han olvidado de ciertas ínfulas que les había hecho en 2008 desviar la atención de lo prioritario o a obsesionarse por elementos que, siendo también relevantes en el corto y medio plazo, sólo alcanzan plenitud su se combinan con la garantía de que, en el largo plazo, se seguirá siendo una sociedad próspera, que forma parte de un proyecto líder e innovador en la globalización.

Antes se ha dicho que necesitamos complementar la democracia representativa con la participativa. Puedo estar de acuerdo pero creo que, antes de seguir complicando la parte del proceso con más inputs, tenemos que plantearnos hasta que punto nuestra democracia hoy en día es realmente representativa, es decir, hasta que punto nuestros líderes, quienes gobiernan Europa, están representando de verdad esos intereses profundos de los ciudadanos europeos que se preocupan más –o, al menos también- por el resultado y que quieren determinados outputs, que quieren construir una Europa pujante pero que, sin embargo, por esa constelación de elementos de contrapeso y de veto, continúa fragmentada y débil, paralizada ante la globalización.

Mientras los europeos seguimos perdiendo enorme tiempo, discutiendo sobre cuestiones que tienen que ver con el cómo -en cómo convencemos al Presidente checo para que firme el Tratado, en cómo perdemos enorme energía con el voto de los irlandeses que suponen menos del 1% de la población europea, en cómo acomodamos a los minoritarios euroescépticos, en cómo nos desgastamos con un “plan B” porque ha fracasado el referéndum francés y holandés sobre la Constitución, en parte por razones absolutamente ajenas a lo que se votaba, etc.-, resulta que acabamos relegando el por qué y el por qué no espera. El mundo sigue globalizándose de forma imparable y, por desgracia, vamos perdiendo protagonismo y capacidad de moldear la globalización de acuerdo a nuestros valores e intereses.

Aceptemos con modestia y prudencia que no existe aún el demos europeo pero eso no significa que no tengamos intereses y valores políticos que merece la pena promover con la máxima eficacia a escala europea. Poseemos unos valores que tienen que ver con nuestra propia experiencia agridulce de cooperación y guerras aunque, sobre todo, poseemos unos valores muy elevados y conectados a nuestra dinámica imparable de avances civilizatorios. La historia europea es trágica en violencia nacionalista pero también es gloriosa por ser expresión de la continua creatividad artística, cultural o científica que aquí germinó como en ningún otro sitio en el mundo. Curiosamente, la Unión Europea ha conseguido detener las guerras pero no ha tenido el mismo éxito en mantener el liderazgo innovador mundial. Desde hace unas décadas, Europa no es el centro del mundo en premios Nóbel, ni en universidades, ni en centros de investigación, ni en patentes y a pesar de todo -y es aquí donde introduzco la nota optimista que prometía al principio-, en el fondo hay un impulso de respuesta encarnado en la propia Unión Europea que ha sabido percibir que aquí nos jugamos el futuro.

Esa misma Unión Europea que se está construyendo de forma tan original -sin contar con el sustrato de un demos y, mucho menos, con un etnos único, sin hacer una guerra contra algún enemigo exterior, sin renunciar a la propia pluralidad interna que representan sus veintitrés idiomas oficiales- y que intenta evitar que el poder europeo esté tan fragmentado, ha puesto ahora la mirada en la prioridad de conectar su mercado interior a la innovación, en la necesidad de crear un espacio universitario de ciencia y tecnología que merezca ese nombre. Todos esos avances, desde el punto de vista histórico, también son espectaculares aunque echemos de menos un sistema de gobierno en el que los líderes se preocupen más por interrogarnos sobre nuestras necesidades mayoritarias estratégicas que por satisfacer estados de opinión efímeros.

Quiero cerrar mi intervención con una cita de Jean Monnet, tal vez el padre fundador más distintivo de la integración, que decía que nada es posible sin las personas pero que nada es duradero sin las instituciones. En efecto, la voluntad política de crear esa Europa ambiciosa e innovadora tiene que estar basado realmente en unas estructuras sólidas que nos superen generacionalmente. La construcción europea es tremendamente difícil y artificial, en el mejor sentido de la palabra artificial, y la elección de instituciones sólidas y eficientes -en las que el output no esté permanentemente subordinado al input- resulta clave para evitar que los europeos nos dejemos desorientar por elementos a veces tremendamente anecdóticos y contra democráticos, aunque se vistan de los contrario y que, apelando al riesgo de la tiranía de la mayoría, nos paralicen con la tiranía de las minorías. No es verdad, pese a que a veces se oye este diagnóstico, que Europa erosione la democracia o dificulte la innovación al imponer un pensamiento único. Al contrario, la única manera de que se asegure en la globalización que Europa seguirá siendo un faro real de democracia -es decir, de ciudadanos gobernando de verdad su destino- y de innovación -es decir, de una sociedad próspera y sostenible- es con una Europa que no tenga ese poder tan fragmentado, con una Europa que sea competitiva y que al final tal vez se atreva a convertirse de verdad en demos.

Me he extendido y pido perdón por ello. Agradezco mucho, en todo caso, la atención.

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1-La democratización en cuatro estados miembros del sur de Europa (Chipre, España, Grecia y Portugal) data de la segunda mitad de la década de los setenta, mientras que los diez estados miembros del centro y este de Europa (Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa y Rumania; además de la antigua República Democrática Alemana) la consiguieron en la década de los noventa. De hecho, solo hay dos estados miembros –Reino Unido y Suecia- en los que toda su población actual ha vivido siempre bajo un gobierno democrático nacional.


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